La Música como sendero espiritual

  • La música...

    Sobre la música

    Mucho ha escrito el Hombre sobre el sonido. Nadie sabe realmente nada sobre él. Sólo el corazón lo comprende; si enamorado de la vida material, se lo utilizará para cantar a lo perecedero. Si prendado de las grandes elaboraciones del tecnicismo, se crearán nuevos “Caprichos”, como hiciera el Mago de Cremona (Niccolo Paganini). Nada de eso debe interesarnos, por la simple razón de que nuestro Camino es otro: queremos cantar a Dios Universal, queremos que la música más humilde, sin adornos, sin tecnicismos retóricos, sea puente que nos otorgue la gracia de hacer que florezca en nosotros cada día con mayor intensidad, el amor al Padre de las rosas, los mares, las montañas, estrellas y criaturas. Queremos cantarle a él, queremos acercarnos a él rogando a la Madre Euterpe, a la Madre Saraswati, al divino Horus, al sagrado Dios de la lira celeste, nos ayuden a transitar la senda que haga posible lo imposible, esto es, que el corazón sea poseído por la adoración a Jesús el Cristo, al divino Pastor de Vrindaván, a Jehová, a Alah, en fin, que podamos llegar por medio de Sus infinitos rostros a Aquel Dios infinito.
    Nuestra música tiene que ser la expresión más viva y sincera del Alma enamorada de su Creador. No será para ello necesario un gran conocimiento técnico; será necesario, sí, un constante desborde devocional. Cada nota cantada debe ser un ala que nos eleve al Cielo, y para ello, el sonido más magro será suficiente si en él vibra el deseo de unión con lo Divino a través del sonido.
    Cuando hablamos de universalismo en música, hablamos de educación y concordia entre los hombres, de respeto por el camino del otro, y ese sagrado respeto es, precisamente, uno de los mayores pilares del universalismo, porque en el respeto profundo y sincero, no hay agresión, sino fraternidad.

  • —como disciplina

    Música y disciplina espiritual

    Para practicar la música como ejercicio espiritual es necesario intercambiar los fines de ambas disciplinas. El fin de la práctica musical es el dominio de la ciencia y el arte del sonido. El fin de la disciplina espiritual es la conexión con lo Divino, entendiendo por conexión con lo Divino la conciencia de unidad, de armonía con la vida divina. Así, se trata de practicar el oficio de la música pero con vistas al fin espiritual.
    Los resultados de este intercambio de fines no son contraproducentes con respecto al aprendizaje de la materia musical, sino al contrario, gracias al desapego de la técnica el practicante logra un conocimiento mucho más hondo del arte del sonido, y lo que es más: del arte de la vida. Todo lo que uno aprende en la vida, debe estar impregnado de la búsqueda espiritual.
    El oficio se asimila así de otra manera. Uno no tiende a correr ni a tomar más de lo que puede digerir. La utilidad de la práctica es otra: concentrarse, compartir, contemplar. Esto está mucho más cercano al oficio milenario de la música, que en todos los pueblos floreció con la simplicidad de lo necesario, y tuvo siempre un fin espiritual, de comunión entre los hombres y de unión con lo Divino.
    Asumimos así el oficio como un sacro-oficio. Lo aprendo como una forma de reconectarme con el prójimo y el universo, como una disciplina que me enseña a vivir y morir con sabiduría.

  • —como devoción

    Música y devoción

    El sendero de la devoción consiste en la unión con Dios a través del sentimiento. Es el sendero del amor, el camino que nos lleva hacia el contacto con lo Divino. Sus dos protagonistas son Dios y el alma, y el amor es esa corriente recíproca que los conecta, que los une y finalmente los identifica en un solo ser.
    El ingrediente esencial de la búsqueda religiosa es este fuego que une, el corazón que se eleva, el magnetismo sagrado que conecta y diluye el alma en Dios. Este sentimiento es una intuición directa del Otro, es un río que une. Comienza manifestándose como asombro y temor, pero luego florecer en el amor, para culminar en la total entrega y la fusión. Lo que comienza con invocación y queja, sigue con alabanza y éxtasis, para culminar en calma identidad silenciosa.
    Devoción es la relación directa entre el alma y Dios a través del sentimiento; es esa electricidad que va desde un corazón viviente hacia el otro corazón viviente. Este diálogo entre el alma y Dios, mientras no sea pura contemplación silenciosa, tiene como emisario directo al sonido.
    El canto devocional consiste en elevar el corazón hacia Dios a través de la música. Es el sonido quien lleva en sus alas nuestro mensaje. Es la canción la que atravesando el espacio va en busca del Bienamado como una flecha hacia su blanco.
    El sonido es el puente, el conector que los hombres desde siempre han elegido para sus comunicaciones con la divinidad, y viceversa. El sonido es el comunicador por excelencia, las escrituras sagradas están tejidas en su telar. El sonido es lo primero y lo más directo que sale del alma para expresar lo que sentimos.

  • —como Meditación

    Música y Meditación

    La práctica de meditación consiste en lograr el control de la mente. Es el método para encontrar calma interior a través del domino y la supresión de las modificaciones mentales. Su herramienta fundamental es la concentración o unidireccionalidad mental.
    Esta práctica comienza con los preliminares de una correcta posición del cuerpo físico, la armonización de las energías a través de la respiración y la interiorización de los sentidos. Una vez hecho esto, comienza el verdadero proceso de concentración progresiva y meditación que nos conduce a la paz del corazón a través del control de la mente.
    Esta práctica de meditación puede ser efectuada a través de la concentración en una acción, en la ejecución de un oficio, durante el transcurso de un trabajo. El ejercicio de la música se adapta de manera especial a la práctica del yoga. La música y la meditación fácil y naturalmente pueden convertirse en una misma disciplina.
    La música, la canción, el mantram, tienen por excelencia el poder de encantar, de cautivar y unificar a al mente. A través de la concentración en el tono y el pulso, en el ritmo y en la escala podemos desarrollar y obtener calma y contentamiento. El arte de la música parece existir primordialmente con este fin espiritual. El cántico nos hechiza, nos sumerge en el estado de contemplación, nos vuelve más sensibles y más quietos.
    Una simple nota, un despojado pulso, son medios que concentran la mente naturalmente y nos armonizan con lo que nos rodea. El ritmo y la escala forman la canción, sólo comparable al silencio de la pura contemplación.

  • —como contemplación

    Música y contemplación

    Podemos distinguir dos fases en la experiencia artística: una receptiva y una activa. La fase receptiva, pasiva, consiste en escuchar, en percibir, en dejarse impregnar. La fase activa consiste en hacer, en un impulso que brota y toma forma.
    De estas dos fases la esencial es la primera, la contemplativa. La médula del arte reside en la sensibilidad, en la capacidad de percibir. Esto es lo que constituye al verdadero artista: el saber ver, la intensidad con que siente la vida.
    Para lograr esta sensibilidad debemos aprender a abandonarnos, a perder nuestra forma, a abrirnos completamente. Para que los sucesos penetren hasta el fondo del corazón, para que podamos tener una experiencia poética de la vida, es necesario el abandono de todo juicio, de toda crítica, de toda representación mental o asociación de la memoria. Es necesario obtener un contacto directo con la vida, una inmediatez no filtrada por la razón o por la personalidad.
    A través de esta entrega a lo que sucede logramos una atención pura y total, logramos la identidad con esa Conciencia Universal que habita en el corazón de todos nosotros. El cultivo de la capacidad de percepción es crucial en el arte. Es desde la pura receptividad y relajación interior que brota del corazón la acción justa y espontánea. Es desde esta pura ausencia de intención que surge la respuesta adecuada, sin la intermediación del intelecto. Esta es la llamada acción creadora, que no es tal, sino que es simplemente natural, adecuada, nacida espontáneamente del corazón sensible.
    Se equivoca quien trata de dominar el arte exclusivamente a través de la acción. Es cierto que hay que aprender la técnica del hacer, hay que labrar esos mecanismos que son los recipientes del impulso.

  • —y el Universo

    El Universo es música

    Todo vibra. Todo este universo son ondas. La mente son ondas. Todo lo que existe, existió y existirá son olas en el océano de la conciencia del Uno.
    El poder del océano es esa vibración o energía que le permite ser todas las olas, todas las burbujas y toda la espuma. Dios tiene el poder de ser todas las cosas: todas las mentes y universos, cada sensación o sentimiento, cada persona, hierba del suelo, átomo, galaxia, pensamiento y mundo, en todo tiempo y lugar y desde todo punto de vista.
    El Dios Supremo es omniforme. Es la sustancia, el agua donde el universo ondea. Este universo es su sueño, su despliegue, su manifestación. Esta vibración es el Verbo, la Palabra Divina , el murmullo de Dios al ondularse. El universo entero es el nombre de Dios, o su poema, en el que se canta y se festeja a si mismo a través de todos nosotros.
    El atributo esencial de Dios es el de ser el universo, es decir: “todo junto”.
    Esta omniforme trama ondulada es el nombre de Dios, y es como una música, es una orquesta, una danza. No es un caos, ni una casualidad mecánica, ni un error, ni un desorden ciego. Es un exquisito despliegue armónico de una inteligencia infinita, plena de sentido. Es un sueño mágico, conciente y simbólico.
    Todo está ordenado. Aún los aparentes horrores de esta edad de hierro, con su terrible tensión, son armonías. Son armonías tensas, difíciles, pero son armonías. La prueba está en que seguimos aquí observando la danza de las formas y ejerciendo el discurso sobre ellas.

  • —y la vida

    Armonía con la vida

    La música consiste esencialmente en una sintonía entre el músico y el mundo inmediato que lo rodea. Es una forma de armonizarnos con lo que nos rodea. Lo que certifica el éxito del arte musical es esta conexión hombre-universo. Esta conexión se siente como una intuición en el corazón, un sentimiento de comunicación, de gozo.
    Pitágoras llamó al universo Cosmos, que quiere decir Orden, queriendo significar que el orden, que la inteligencia, es su cualidad esencial. Al hombre lo llamó microcosmos queriendo decir que está hecho a imagen y semejanza del universo.
    El hombre sabio, es el que vive en armonía con el universo. El que danza su vida, sensible y atento, arrojado y sincero. Ese hombre vive y muere en armonía, se diluye gozoso en el todo. El síntoma de la ignorancia es el egoísmo, la alienación, la desarmonía con la vida, la no comprensión y la no aceptación de lo que sucede.
    La música es una ciencia y una práctica para recuperar esa unidad aparentemente perdida, para reincorporarnos a la danza de la vida.

  • —y el sonido

    La importancia de un sólo sonido

    Para asociar la práctica de la música a la búsqueda de la sabiduría, la técnica musical no necesita ser muy compleja. Lo esencial no es el sonido sino aquello que uno invoca mediante el sonido. Quien no sabe sumergirse profundamente en una sola nota, tiende a enredarse con las formas, tiende a olvidar el sentido de lo que hace, que es la comunicación del sentimiento. El sencillo viaje de una nota a otra es ya un salto infinito. Las emociones más profundas se expresan con facilidad en la pura maravilla de un intervalo, en la placidez de un tempo muy lento, en el hechizo de una simple cadencia circular. El ejercicio de perseverar en una sola nota nos abre las puertas del sonido. Lo esencial en el uso de un lenguaje es la calidad del sentimiento que se transmite, y no la cantidad de información o habilidad que se posea. Se subraya así el carácter secundario del medio de transmisión, en este caso el sonido, y el carácter fundamental de la presencia de quien canta y de quien escucha. La sencillez del medio hace más clara la comunicación. Tal vez nada exprese mejor las más profundas emociones que una sola nota larga, circular y plena.

  • —y el cuerpo

    El cuerpo, el instrumento sagrado

    Para navegar en el mar de la vida, el orden de las cosas nos proporciona un cuerpo, una nave, un vehículo a través del cual vamos a vivir nuestro destino en este mundo. Este cuerpo es nuestro instrumento, la flauta en la que vamos a interpretar nuestra parte en la gran orquesta del universo. El más sagrado instrumento musical es el cuerpo. Este es el delicado y complejo violín que natura nos da para que toquemos en él. En su sensible encordado los sentimientos se transforman en actos, gestos y palabras.
    El cuerpo es nuestro instrumento para entonar la canción de la vida. La eficiencia en el manejo de cualquier instrumento físico supone anteriormente el dominio de nuestro propio cuerpo. Esta es la herramienta sagrada con que debemos investigar la vida. Este cuerpo está dotado de órganos de acción como manos y pies, lengua y sexo. También tiene los cinco sensores. Posee también la capacidad de pensar, la memoria y la inteligencia.
    Morando en este vehículo nuestro espíritu debe realizar el sentido de la vida, desentrañar el enigma de la existencia.
    El más sagrado instrumento musical es nuestro propio cuerpo. Sus dos pies determinan nuestra noción rítmica, sus diez dedos tejen melodías y dibujos. Su voz revela el misterio de la creación: el aliento transformándose en palabra.